¿Ser perfecto?

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¿Ser perfecto?

SER PERFECTO...

Todos queremos ser perfectos, no cometer errores, no tener problemas con su vecino, ser apreciado por su jefe en la oficina. Ser amado por nuestros padres, su cónyuge, y luego amado por nuestros hijos. Además, a veces pedimos a nuestros propios hijos “que sean perfectos”, transmitiendo así de generación en generación una loca restricción, una presión social insostenible. Pero desde un punto de vista espiritual, ¿qué significa ser perfecto? ¿Significa esto “sin defecto”, no cometer un error? No estoy tan seguro.

Cuando miramos el viejo testamento, la palabra “perfecto” se usa en realidad para dos hombres que podríamos considerar irreprochables, Noé y Abraham.

De Noé aprendemos “Esta es la historia de Noé. Entre sus contemporáneos, Noé era un hombre justo, perfecto. Noé caminó con Dios.” (Gen 06.09).

Abraham también caminó con el Señor “Cuando Abram cumplió noventa y nueve años, el Señor se le apareció y le dijo: “Yo soy el Dios poderoso; anda en mi presencia y sé perfecto”. (Gen 17:01)

Dimitrisvetsikas1969 / Pixabay

Así que lo que conecta a Noé y Abraham es el hecho de que caminan con Dios. Yo diría “simplemente”, aunque obviamente caminar con Dios puede parecer complicado, especialmente en la permanencia. Caminando con Dios, siendo sintonizado con Dios. Además, otorgarse no siempre significa “estar de acuerdo”. Se ve con los profetas que insurgentes o se rebelan contra Dios (“Después de eso Job abrió la boca y maldijo el día de su nacimiento”, Jb 03.01).

¿Lo notaste? No se dice que Dios caminó con Noé, sino lo contrario. Noé caminaba con Dios. Dios también le pide a Abraham que camine en su presencia. Como si Dios le pidiera a un amigo que lo acompañara: “¿Te gustaría dar un paseo conmigo? “

Recuerdo, en el Instituto Sèvres, un padre jesuita dijo, durante un curso, que siempre había tenido problemas durante las sesiones de culto (??). Hasta el día que se dio cuenta de que lo único que Dios le pidió era ser su amigo y estar presente. Qué revelación nos dice.

Yo también, a veces, lucho con la adoración. El lado grandioso, simbólico, me asusta un poco. Por otro lado, me gusta la meditación, dejándome ir a plenitud. Una simple plenitud, sentado, mirando lo que siento en el cuerpo, dejándome ir con. O a veces acompaño a un visitante invisible, lo hago visitar mi “casa”, evitando hacer demasiado ruido.

Entonces, ¿Dios nos pide que lo acompañemos? ¿Lo oímos o pensamos que oímos voces? O una música imperceptible y dulce, como el sonido del viento que nos transporta, o los aromas de flores en un jardín en primavera.

Cuando nos dejamos ir para acompañarlo, entonces tenemos este dulce sentimiento de estar de acuerdo, concedido a Él. ¿Pero somos perfectos? No puedo decírtelo. Por otro lado, el camino es mucho más agradable.

Vicente

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